domingo, 5 de agosto de 2007

¿Fiaca?


Algo no me deja levantar, llamémosle "fiaca", no se. Lo cierto es que se me terminó la tinta de la birome antes que la hoja, y en un intento desesperado por extraer la última gota que quedara, la birome cayó al piso y rodó al otro lado de la cocina, y justo cuando estaba por confirmar mi teoría acerca de que la fiaca no me dejaba levantar, sin pensarlo me paré de un salto para despedirme de ella y tirarla a la basura.
Entonces mi teoría se derrumbó de golpe. ¿Era realmente fiaca? ¿Qué es la "fiaca" en realidad? ¿Qué se esconde detrás de ese término -porque ya pasó la categoría de palabra- que funciona como aliado indestructible y justifica cualquier falencia, irresponsabilidad u omisión del que se la adjudique libremente?
"No fui, me dio fiaca". Ah, entonces no hay problema. "No lo hice porque tenía fiaca". Perfecto, si es así, no hay nada más que hablar. O peor aun "Lo haría, pero me da mucha fiaca".
Qué hipocresía. Es obvio, salta a la vista de cualquiera que lo quiera analizar, que la "fiaca" es un fiel reflejo de las ganas. Es la forma sutil y homologada socialmente de decir "NO SE ME CANTA".
¿Por qué no hablamos con propiedad? ¿Por qué no dejamos de ser tan falsos? ¿Por qué buscamos la manera de quedar siempre bien ante los demás, de ser comprendidos y apoyados, en lugar de decir lo que realmente sentimos?
Y me quedé sin ganas de seguir escribiendo. Me surgieron ganas de levantarme de esta silla en la que pasé las últimas dos horas. Y entonces dejo todo y me voy, porque se me canta.

lunes, 30 de julio de 2007

Dolor de cuello


El dolor no me deja escribir ¿es realmente así? Parece serlo, pero ¿por qué el dolor?
Uf! Malditas explicaciones. El dolor porque sí, porque a veces duele, porque le pasa a cualquiera. Pero cuando le pasa a uno surgen las interpretaciones. ¿Quién quiere interpretarlo? Es dolor y punto.
Sobran las formas de entenderlo y los motivos a los que adjudicárselo. Pero no nos enrollemos con especulaciones ni saquemos conclusiones falsas e inventadas. Es un dolor como cualquier otro. Hoy me tocó a mí. Mañana será alguien más. Al que le toca, le toca. Como el terrome-terrome. A veces es así, y basta. ¿Qué tantas explicaciones? ¿O acaso cuando hacíamos terrome nos cuestionábamos por qué le había tocado al pobre desafortunado que salió? Le había tocado, y punto. Mala leche, agua y ajo -a aguantarse y a joderse-. Así es la vida, a veces toca.

lunes, 23 de julio de 2007

Hombre cartón

Ganador, altanero y vaquero.
Compañero, hombre fiel, triunfador.
Constructor de la vida, comprador de alegría,
Un buenazo, un compinche, un señor.

Cuando busca pan para su vida.
Cuando pasa el tren del terror.
Y camina las calles tan frías.
Cuando el hombre se llama cartón.

Mal conocido, hombre bandido.
Ser decadente, alma imprudente.
Pobre de sueños y de esperanzas.
Un mal nacido, chorro de raza.

Tren callejero, dame dinero.
Busca fortuna por la basura.
Canta bajito, silba poquito.
Nadie lo mira, es porquería.

Pasan las calles, pasa la vida.
Vuelve a su casa, busca alegría.
Pasan los años y su estación.
Vuelve a su barrio, es un señor.

En un cuarto, quince

Son personas, almas sueltas por la vida.
Nada pueden decir, nada quieren callar.
Y se miran y se piensan y se escuchan
Y se ayudan y se sienten y se van.

No se tocan, no se miran, no se lloran.
No se juzgan, no se huelen, no se están.
Parpadean y se llenan de preguntas.
No responden, solo piensan, nunca mal.

En un cuarto quince almas se lamentan.
En un cuarto quince sueños que se van.
Muchos crecen, muchos sufren, muchos quedan.
En un cuarto quince rostros que no están.

Las paredes los escuchan desde lejos.
Las miradas más perdidas pasarán.
Los carteles, los avisos y los besos.
Las penumbras, los encuentros que serán.

Piden fuerte, no se callan.
Piden pronto, piden más.
Son tan pocos en el mundo.
Están solos y no están.

En un cuarto quince almas se lamentan.
En un cuarto quince sueños que se van.
Muchos crecen, muchos sufren, muchos quedan.
En un cuarto quince rostros que no están.

miércoles, 6 de junio de 2007

Son


Son los presos que caminan por las calles.
Los reclusos que se mueven, van y vienen.
Prisioneros que deambulan por la vida libremente.
Son sujetos del amor y no del tiempo, son cobardes.
Son espejos empañados, ingravables.
Son los hombres que no logran liberarse.
Son su historia, su misión y su presente.
Son la tierra sin un cielo que los riegue.
Son los muertos que acompañan a los vivos.
Son cadáveres con fuerza, sin motivos.
Son un día sin deseos ni alegrías.

Y mejor alejémonos de ellos.
Que no pasen ni cercanos por mi vida.
Reconozco sus disfraces desde lejos.
Son el miedo a contagiar mi sangre fría.

Se sintieron

El salón estaba lleno y ella sentada en una esquina. La gente murmuraba, algunos se reían en voz alta.
Y de pronto entró él, con su sonrisa brillante y esa presencia inconfundible que alumbra cualquier lugar. Y entonces estaban solos. Ella podía sentir su mirada y hasta oír su respiración. Nadie más importaba en ese cuarto. Ella y él, como nunca. Se miraban a escondidas. Se sentían.
Y se fueron, cada uno por su lado, sin hablarse, sin cruzar siquiera una sonrisa cómplice, como siempre.

Pasa...


A veces lo veo correr como si estuviera jugándole una carrera a alguien, o como si tuviera que llegar sin falta a algún lugar, quién sabe donde.
Otras, parece caminar lento y tranquilo, pausado, como si estuviera paseando o quizás preparándose para empezar; pensando o solo disfrutando.
A veces lo siento perseguirme como si tuviera algo contra mí. Lo siento en mis espaldas generando una carga pesada y molesta. Pero de pronto se distrae y me deja, y parece ensañarse con otro que quizás esté aún peor que yo, y le pese más, y más fuerte, sin piedad.
De vez en cuando me olvido de él. Lo dejo pasar. Entonces aparece de repente y sé que sigue estando ahí, que nunca se fue.
Ya lo conozco, sé que es demasiado fuerte y que nunca lo voy a poder alcanzar ni vencer. Ya ni siquiera lo intento. Pero sigo tratando de entenderlo.
Me cuesta. Me cuesta jugar con él, interpretarlo, seguirlo. Me cuesta entender qué quiere y por qué. Me cuesta asumir que está y que va a estar siempre, que nunca jamás se va a ir. Y que va a seguir pasando. Entonces pienso “él se la pierde, por seguir y no parar, por no quedarse”. Pero el tiempo es así, y no hay nada que yo pueda hacer para cambiarlo.